En la antesala de la sucesión política en Chihuahua, el debate comienza a tomar forma alrededor de una pregunta más profunda que los slogans o las encuestas: ¿qué ha construido realmente cada aspirante? No quién habla más, ni quién confronta mejor, sino quién deja obra pública, sistemas funcionales o estructuras que sobrevivan al siguiente sexenio.
Bajo ese lente, el contraste entre Gilberto Loya, Cruz Pérez Cuéllar y Andrea Chávez se vuelve inevitable.
Gilberto Loya: cuando la política se expresa en infraestructura Gilberto Loya no ha construido una narrativa electoral; ha construido un modelo. Desde el PECCU en el municipio de Chihuahua, hasta la Plataforma y el Modelo Centinela a nivel estatal, su trayectoria se explica más en obra pública estratégica que en discursos. La Torre Centinela, con más del 90 % de avance, no es solo un edificio: es el símbolo de una forma distinta de entender la seguridad pública. Un centro de mando diseñado para integrar tecnología, inteligencia y coordinación interinstitucional, comparable con modelos internacionales y con potencial de convertirse en referente para América Latina.
A diferencia de la obra tradicional —calles, puentes o edificios administrativos—, Centinela es infraestructura invisible pero permanente, pensada para operar durante décadas. En términos políticos, eso implica algo poco común: un activo que no depende del carisma del funcionario, sino de su diseño institucional.
Cruz Pérez Cuéllar: obra pública clásica y poder territorial
Cruz Pérez Cuéllar ha construido desde otro lugar. Su principal activo es Ciudad Juárez, donde concentra poder político, presencia territorial y capacidad de movilización. Su obra pública es visible, directa y propia de un gobierno municipal: pavimentación, programas sociales, espacios urbanos.
Ese tipo de obra conecta rápido con la ciudadanía y genera rentabilidad electoral inmediata. Sin embargo, su alcance es local, no sistémico. No existe —al menos hasta ahora— un modelo de política pública exportable al resto del estado que lleve su sello, particularmente en materia de seguridad.
Cruz ofrece gobernabilidad política y control territorial; no necesariamente un sistema que trascienda su administración.
Andrea Chávez: discurso fuerte, incidencia limitada
Andrea Chávez representa una generación distinta y una narrativa potente. Su fortaleza está en el discurso, la visibilidad mediática y el posicionamiento en causas sociales, especialmente en temas de juventudes, derechos y violencia de género.
En el Senado, sin embargo, su participación ha sido más simbólica que estructural. No destaca por la autoría de reformas centrales ni por liderar dictámenes de alto impacto, y su incidencia legislativa efectiva ha sido menor frente a otros perfiles con más recorrido parlamentario.
Dicho esto, no parte de cero. Ha impulsado posicionamientos y acompañamientos legislativos en materia de violencia contra las mujeres y justicia social, y ha sabido colocar temas en la agenda pública nacional. Su logro principal no es la ley aprobada, sino la conversación instalada. El problema es que, en una contienda ejecutiva, la narrativa sin estructura suele quedarse corta. El contraste de fondo Si la elección se definiera por obra pública visible, Cruz Pérez Cuéllar compite con ventaja. Si se definiera por discurso y posicionamiento ideológico, Andrea Chávez tendría terreno fértil. Pero si el criterio fuera qué se ha construido para que funcione incluso cuando el político ya no esté, el contraste favorece a Gilberto Loya.
En un estado donde la seguridad sigue siendo la principal preocupación ciudadana, los sistemas pesan más que los discursos, y la infraestructura estratégica pesa más que la confrontación política. Al final, Chihuahua no solo elegirá a una persona. Elegirá entre administrar lo existente, narrar el cambio o dejar un modelo funcionando. Y esa diferencia —más que cualquier encuesta— será la que marque el rumbo.
